Imagínense un país donde más de 50% de la economía la manejan decenas de miles de Pymes dedicadas a la innovación y que exportan infinidad de productos y equipos de alta calidad al mundo entero. Estas empresas son en su inmensa mayoría familiares y le dedican un alto porcentaje de sus ventas a la investigación y desarrollo de nuevos productos y procesos. Muchos de estos negocios están ansiosos de contratar y capacitar obreros y técnicos especializados pagándoles sueldos y prestaciones fuera de lo común para motivar y asegurar su permanencia. Y, se me olvidaba, están localizadas en zonas cercanas a ciudades donde hay alto desempleo y descontento, que crean una fuente de radicalización extremista en la región.

En un artículo reciente de El País, sus autores nos platican este escenario extraordinario y optimista que explica el alto nivel de vida de ese país europeo: Alemania.

Después de una terrible guerra iniciada por sus líderes que terminó en desastre mundial, Alemania fue dividida y la parte del Este fue controlada por los comunistas de la Unión Soviética. Al terminar la Guerra Fría, esa región fue la más atrasada y afectada por la reunificación. Decenas de miles de empresas estatales fueron vendidas a particulares, muchos exfuncionarios de la antigua dictadura. Su renacimiento y profundo vigor actual como exportadoras de artículos con alta calidad es reconocido, pero, como lo describen sus autores, ese éxito va acompañado con un grave problema: Su continuidad como empresa familiar.

Alemania sufre (y seguirá) un problema de baja natalidad de sus habitantes, una necesidad creciente de mano de obra calificada y… poco interés de la siguiente generación de los dueños en seguir los pasos de sus padres y abuelos. Ésta es la verdadera crisis alemana a mediano plazo, ya que sin sucesores entregados a la esencia de innovación y el trabajo productivo y tenacidad de los dueños actuales, aunados a las familias pequeñas de la posguerra, el porvenir de ”las Mittelstands” es muy inestable. Algo similar sucede con otro país responsable de la guerra mundial, como fue Japón, aunque ahí no se fomentó tanto a las Pymes. Sólo Italia, siempre al borde del caos político y electoral, es un éxito con sus millones de negocios familiares que exportan y salvan a la economía.

Estuve en Alemania hace más de dos décadas y pude entrevistar a la directora del organismo que vendió las empresas otrora comunistas, creando un gran revuelo entre los ciudadanos de la exAlemania oriental. Fue una labor muy complicada porque el cambio de mentalidad a la libre empresa tarda en lograrse. Al renovarse estos negocios familiares aseguraron el milagro alemán y su envidiable nivel de vida. En México tenemos millones de negocios de estructura familiar que son grandes creadores de empleo, pero estamos rezagados en tecnología, innovación y mentalidad exportadora global. Mucho camino por andar, pero es indispensable hacerlo.

Por cierto, a la funcionaria alemana en cuestión la asesinaron unos alemanes orientales que rechazaban su labor.

Salo Grabinsky

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