A través del tiempo me he encontrado con miles de descendientes de los fundadores de pequeñas y grandes empresas familiares.

Afortunadamente, una mayoría de ellos tienen puesto el “chip” de tradiciones, valores y costumbres que les han inculcado sus ancestros. Cuando un emprendedor(a) desarrolla una idea y la hace realidad a base de mucho trabajo, con una filosofía de vida basada en la austeridad, tesón y, por qué no decirlo, una tendencia a sacarle el máximo provecho a sus familiares y empleados que tienen el dudoso placer de trabajar para él (aunque esto se reduce con el tiempo y las leyes laborales vigentes). Estos principios éticos son muy valiosos y, si se transmiten a la familia, sirven de base para el crecimiento de los descendientes así como en la continuidad del negocio.

Desgraciadamente hay enemigos internos que, solapados por el núcleo familiar, pueden causar destrozos en la armonía y tejidos de comunicación de sus miembros, así como propiciar apatía, arrogancia y conformismo. Siento que el ser exitoso y lograr un emporio económico y un gran patrimonio es loable si se logra mediante un trabajo honesto y creatividad, pero hay encubiertos grandes peligros si no se detectan y solucionan a tiempo. Me refiero a generar pequeños monstruos que basan su vida y actitudes en ser los” hijos de papi” , cuya prepotencia y falta de espíritu innovador (o del deseo de demostrar su carácter e individualidad) les augura una vida hueca y la decadencia del sueño del emprendedor.

Aún peor, esos jóvenes adultos a los que se les ha dado todo lo materialmente posible, incluida la posibilidad de viajar, educación de lujo y medios para no tener que preocuparse por su futuro, lo malinterpretan o lo dan por merecido dado su linaje y fortuna y son víctimas de gente que abusa de ellos, de perder su herencia y estar envueltos en escándalos, adicciones y enfermedades derivadas. Lo peor es que se les atrofia el cerebro que, como cualquier ser humano, es capaz de crear invenciones, arte y ciencia entre otras maravillas. Su falta de valores los hacen inmaduros, infelices y mediocres. Mucho dinero mata.

Hay un remedio: Este empieza en casa, con el ejemplo de los padres tanto dentro como en su entorno. Este se replica y es muy valioso. La honestidad, austeridad (no ser miserables), el invertir tiempo y esfuerzo en labores sociales y sobre todo la libertad y comunicación abierta con cariño y reglas claras desarrollan seres maduros y preparados. Les recomiendo que hagan un código de valores éticos familiares y, después de analizarlo en conjunto, lo adopten en la familia nuclear y extendida, así como con miembros de la empresa. Así se reduce el reto de ese enemigo escondido en familias exitosas.

Salo Grabinsky

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