En Giesa, una transitada calle  en un barrio de la ciudad de Varsovia, el 14 de julio de 1917 nacía una niña. Sus padres, Herman y Ewa Steider y su hermano José la recibieron con alegría, aunque debido a la guerra mundial su situación era muy difícil. Esa zona fue posteriormente destruida por los nazis.

La familia logró sobrevivir a la pobreza, una pandemia de influenza española, pero la violencia y el antisemitismo hicieron que Herman decidiera emigrar en 1924-1925 a un país exótico que les abría los brazos, cuando otros les cerraban sus puertas: México.

Se aventuró solo, dejando a su esposa y cuatro hijos en  Polonia  y llegando viajó a la pequeña ciudad de Pachuca, a poca distancia de la capital. Consiguió un trabajo como vendedor de medallas de vírgenes y santos en los pueblos de la huasteca hidalguense. Un hombre guapo, alegre y con su sonrisa permanente logró ganarse a las jóvenes pueblerinas, a pesar de no hablar nada de español. Juntó recursos para traer a su familia al país. Así llegó Ofelia Steider, mi madre, a México, país donde viviría hasta su prematura muerte a los 62 años, en 1980.

Mujer guapa, amable y alta, apoyó a su familia en los pequeños negocios que su padre empezaba y donde nunca logró tener  éxito. Estudió en escuelas públicas y luego, brevemente, en la Escuela de Ciencias Químicas, pero su padre le ordenó salirse para apoyarlo en su tienda en el centro de la Ciudad de México.

Se casó con un brillante economista, genio calculista matemático de nombre Nathan Grabinsky y tuvieron tres hijos, el mayor de los cuales fui yo. En nuestra casa, en la colonia Prado Churubusco, se hablaba mucho de política, se hacían ejercicios de cálculo aritmético y se escuchaba música clásica, incluso a Enrico Caruso.

Ofelia no tuvo una vida fácil: lidió con enfermedades graves, como la poliomielitis de dos de sus hijos, el cáncer de su padre y hermana pero, en una muestra de su tenacidad, logró sacar adelante a la familia. A mí me enseñó a leer a los tres años, cuando aún no se sabía si la secuela de la polio me permitiría caminar. Años de operaciones y dificultades económicas no arredraron a mis padres para que creciéramos modestamente, pero sin ninguna carencia.

Su carácter le granjeó amigas a las que ayudaba en sus problemas. Ofelia y Nathan eran grandes lectores y ese ambiente en casa  permeó en sus hijos, así como amigos de éstos que lo recuerdan hasta la fecha, como  Enrique Krauze.

Ya liberada de cuidar a hijos y familiares enfermos, Ofelia se dedicó a gozar el tiempo tomando cursos y viajando, además de seguir tejiendo y leyendo, pero el destino nos jugó una pésima noticia, ya que se enfermó de cáncer terminal y falleció en pocos meses después una injusta agonía.

Al centenario de su nacimiento, Ofelia Steider, mi madre, sigue presente en el corazón de sus hijos y de quienes la conocieron. ¡Una gran mujer!

Salo Grabinsky

gzsalo@gmail.com

irma.direccion@hotmail.com

Teléfonos: (55) 52-94-84-07 y (55) 52-94-86-33